El Corsario Negro
El Corsario Negro —¡Arrojemos de sus nidos a esos enojosos indios incendiando el bosque!
—Y nos quemaremos vivos nosotros también. ¿Quién va a apagar el fuego después?
—¡Marchemos disparando a diestro y siniestro los arcabuces! —dijo Wan Stiller.
—¡Creo que has tenido una buena idea! —contestó el Corsario—. ¡Avanzaremos con la música a la cabeza! ¡Vamos; fuego a ambos lados, mis valientes, y dejadme a mà el cuidado de abrir paso!
El Corsario se puso a la cabeza con la espada en una mano y una pistola en otra, y detrás de él, dos a dos y a alguna distancia, se colocaron los filibusteros, el catalán y el negro.
Apenas salieron de detrás de los troncos protectores, Carmaux y Moko descargaron los fusiles, uno a la derecha y otro a la izquierda, y después de un pequeño intervalo, el catalán y Wan Stiller. Cargaron rápidamente las armas y continuaron con aquella música infernal, sin economizar las municiones.
Mientras tanto, el Corsario iba abriendo camino cortando ramas, hojas y lianas; pero siempre preparado para disparar la pistola sobre el primer indio que apercibiese.