El Corsario Negro

El Corsario Negro

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El Corsario Negro impidió a sus hombres que les hicieran fuego, pues no quería ser el primero en provocar la lucha; pero avanzaba intrépidamente a través de la selva, dispuesto a sostener la acometida de las hordas de los arawakos.

Se había convertido en el formidable filibustero de las Tortugas, en aquel filibustero que tantas pruebas dio de un valor extraordinario.

Con la espada en la diestra y una pistola en la siniestra, guiaba al pelotón y se abría paso a través de la selva, preparado a comenzar en el acto la refriega.

Pronto comenzaron a silbar algunas flechas por entre las ramas. Wan Stiller y Carmaux contestaron en seguida disparando a la casualidad, pues los indios, a pesar de las bravatas del piaye, no se dejaron ver.

Haciendo fuego a derecha e izquierda y con intervalos de un minuto, aquellos hombres rebasaron felizmente la parte más espesa e intrincada de la selva, sin que les disparasen más que raras flechas y alguna que otra jabalina. Por fin llegaron a un pequeño claro en cuyo centro había una laguna.

Como ya el Sol iba a ponerse y no se veía indio alguno, ni habían vuelto a inquietarlos, el Corsario Negro mandó hacer alto para establecer el campamento.

—Si quieren acometernos, los esperaremos aquí —dijo a sus compañeros—. Este descampado es bastante grande para poder verlos tan pronto como aparezcan.


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