El Corsario Negro

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CAPÍTULO XXVI

LA EMBOSCADA DE LOS ARAWAKOS

Cenaron de prisa un pedazo de tortuga que habían reservado y unos cuantos bizcochos; después registraron los alrededores para ver si encontraban algún indio escondido, golpearon la hierba para hacer huir a las serpientes, y en seguida encendieron en torno del campamento grandes hogueras, en las cuales echaron algunos puñados de pimienta, supremo remedio contra los zanzaras (cierta clase de insectos), cuyas picaduras son muy dolorosas, y también contra las acometidas de hombres y fieras.

Temiendo, con razón, no pasar tranquila la noche, decidieron hacer guardia, primero los dos marineros y el negro, y luego el Corsario y el catalán.

Estos últimos, después de haber cambiado las cargas para tener la seguridad de que no fallarían los tiros, se apresuraron a acostarse, mientras que Carmaux y sus compañeros se disponían a dar una vuelta por dentro del círculo de fuego con los fusiles dispuestos.

La enorme selva quedó silenciosa, pero aquella calma era poco tranquilizadora para los que hacían la guardia, pues sabían por experiencia que los indios preferían los ataques nocturnos a los diurnos, a causa del miedo que tenían a la precisión de las armas de fuego, y, además, porque las tinieblas les permitían acercarse con mayor facilidad, especialmente en los bosques.


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