El Corsario Negro

El Corsario Negro

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Al amanecer ya no pudieron más y se vieron en la precisión de rogarle que les concediese un poco de reposo, pues les era imposible tenerse en pie, además de estar hambrientos. Los bizcochos se habían concluido, y el gato de Carmaux había sido digerido hacía quince horas.

Se pusieron en busca de caza y de árboles frutales; pero aquella selva palúdica no tenía trazas de poder proporcionarles una cosa ni otra. No se oía el charloteo de los papagayos ni los gritos de los monos, ni se veía árbol alguno que tuviese fruta comestible.

Sin embargo, el catalán, que juntamente con Moko se había dirigido hacia una marisma cercana, fue tan afortunado (no sin haber recibido crueles mordeduras), que pudo coger una praira, pescado que abunda mucho en las aguas muertas, que tiene la boca armada de agudísimos dientes, y el lomo negro; y por su parte Moko se apoderó de un cascudo, otro pez también, como de un pie de longitud, defendido por durísimas escamas, negras por arriba y rojizas por debajo.

Aquella comida ligera, absolutamente insuficiente para saciar a todos, la engulleron en seguida, y después de algunas horas de sueño volvieron a caminar a través de la tristísima floresta, que parecía no tener fin.


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