El Corsario Negro
El Corsario Negro Comprendiendo el Gobernador y su compañero que no podÃan luchar contra los filibusteros, se habÃan dirigido hacia un islote muy alto que distaba de ellos cosa de unos quinientos o seiscientos metros, bien con la intención de desembarcar, bien para pasar por detrás y ponerse a cubierto de los tiros de fusil de su formidable adversario.
—¡Carmaux —dijo el Corsario—, viran hacia el islote!
—Entonces, ¿es que quieren saltar a tierra?
—¡Lo sospecho!
—¡Pues, en ese caso, no se nos escaparán ya!
—¡Rayos! —gritó Wan Stiller.
—¿Qué tienes?
En aquel instante se oyó una voz que gritaba:
—¡Quién vive!
—¡España! —exclamaron el Gobernador y su compañero.
El Corsario se volvió. HabÃa aparecido de improviso una masa enorme por detrás de un promontorio del islote. Era un barco de grandes dimensiones que salÃa a velas desplegadas al encuentro de la chalupa.
—¡Maldición! —exclamó el Corsario.
—¿Será uno de nuestros navÃos? —preguntó Carmaux.