El Corsario Negro
El Corsario Negro Asestó el arcabuz contra Wan Guld, que se encontraba a trescientos cincuenta pasos; pero a causa de lo precipitado del golpe de los remos, la ondulación era muy fuerte y le impedía hacer puntería con la esperanza de obtener buen resultado.
Tres veces bajó el arma y otras tantas la levantó apuntando a la chalupa. A la cuarta hizo fuego.
Al disparo siguió un grito, y un hombre cayó al agua.
—¿Herido? —gritaron Carmaux y Wan Stiller.
El Corsario contestó con una imprecación.
El hombre que cayó no era el Gobernador; era el indio.
—¿Es decir, que lo protege el Infierno? —preguntó el Corsario, furioso—. ¡Adelante, mis valientes! ¡Le cogeremos vivo!
La chalupa no se había detenido; pero, ya sin el indio, no era probable que siguiera corriendo mucho tiempo.
Todo era cuestión de unos minutos, porque Carmaux y Wan Stiller estaban decididos a remar durante algunas horas antes de ceder.