El Corsario Negro

El Corsario Negro

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La chalupa de Wan Guld seguía perdiendo terreno, a pesar de los prodigiosos esfuerzos del indio. Si este hubiera tenido por compañero a un remero de su misma raza, quizás hubiera logrado sostener la distancia hasta que amaneciese, porque los pieles rojas de la América meridional son remeros insuperables; pero, mal secundado por el oficial español y por el Gobernador, tenía por fuerza que ir perdiendo cada vez más camino.

Ya se distinguía perfectamente la chalupa, que en aquel momento atravesaba una zona de aguas luminosas. El indio iba a popa y maniobraba con ambos remos; el Gobernador y su compañero le secundaban lo mejor que podían, uno a babor y a estribor el otro.

Al encontrarse a unos cuatrocientos pasos volvió a levantarse el Corsario y, montando el arcabuz, gritó con voz tonante:

—¡Rendíos o hago fuego!

No contestó nadie; antes por el contrario, la chalupa enemiga viró de bordo bruscamente y se dirigió hacia las lagunas palúdicas de la costa para buscar un refugio en el río Catatumbo, que no debía hallarse lejos.

—¡Ríndete, asesino de mis hermanos! —gritó otra vez el Corsario.

Tampoco tuvo contestación.

—¡Entonces, muere, perro! —volvió a decir nuestro héroe.


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