El Corsario Negro
El Corsario Negro —¡Siempre!
—¡Fuerza, Wan Stiller!
—¡Arranca a todo aliento, Carmaux!
—¡Alarga la remada! ¡Nos fatigaremos menos y correremos más!
—¡Silencio! —dijo el Corsario—. ¡No desperdiciemos las fuerzas hablando! ¡Adelante, mis valientes! ¡Ya veo a mi enemigo!
Se habÃa levantado con el arcabuz en la mano y procuraba distinguir entre las tres sombras que tripulaban la chalupa la del odiado duque.
De pronto apuntó el arma y se tendió en la proa buscando un punto de apoyo; después de haber mirado un instante hizo fuego.
La detonación resonó en la superficie del mar; pero no se oyó grito alguno que indicase que la bala habÃa hecho blanco.
—¿Ha errado el tiro, Capitán? —preguntó Carmaux.
—¡Eso creo! —contestó el Corsario apretando los dientes.
—¡Ya sabe usted que desde las chalupas se tira mal!
—¡Adelante! ¡Estamos ya a quinientos pasos!
—¡Alarga, Wan Stiller!
—¡Se me rompen los músculos, Carmaux! —contestó el hamburgués, que iba soplando como foca.