El Corsario Negro
El Corsario Negro Entretanto, el negro se había apresurado a llevar un poco de harina de manioca, que se extrae de ciertos tubérculos venenosísimos, pero que pierde esa cualidad tan pronto como se le muele y exprime; piñas que se diferencian de las que se producen en las Antillas en que son siempre de color verde, y unas docenas de perfumados plátanos llamados de oro, más pequeños que los demás, pero más sabrosos y nutritivos.
A todos estos manjares añadió una calabaza llena de pulque, bebida fermentada hecha del agave o pita, planta que produce gran cantidad de zumo.
Como los tres filibusteros no habían probado ni un solo bizcocho durante la noche, hicieron los honores a la comida, no olvidando al prisionero; después se tumbaron sobre algunos brazados de hojas secas que llevó el negro, y se durmieron tranquilamente, como si se encontraran en plena seguridad.
Sin embargo, Moko se puso de centinela, después de atar bien al soldado, como se lo recomendó el compadre blanco.
Ninguno de los filibusteros se movió en todo el día; pero apenas sobrevino la noche, el Corsario se levantó.
Estaba más pálido que de costumbre, y en sus negros ojos fulguraba una luz sombría.