El Corsario Negro
El Corsario Negro Dio dos o tres vueltas por la cabaña con paso agitado, y de pronto, deteniéndose ante el prisionero, le dijo:
—Te he prometido no matarte, cuando tenÃa derecho para mandar que te ahorcasen en el primer árbol del bosque; asÃ, pues, es preciso que me digas si podré entrar sin que me descubran en el palacio del Gobernador.
—¿Queréis asesinarle para vengar asà la muerte del Corsario Rojo?
—¡Asesinarle! —exclamó con ira el filibustero—. ¡Yo me bato; no mato a traición, porque soy un noble, un caballero! ¡Un duelo entre él y yo es lo que deseo, no un asesinato!
—El Gobernador es viejo, mientras que vos sois joven; además, no podréis introduciros en sus habitaciones sin que os prendan los muchos soldados que hacen la guardia de su persona.
—Sé que es valiente.
—Como un león.
—¡Está bien; espero encontrarle!
Se volvió hacia los dos filibusteros, que se habÃan levantado, y dijo a Wan Stiller.
—Tú permanecerás aquÃ, custodiando a este hombre.
—Bastaba el negro, Capitán.