El Corsario Negro
El Corsario Negro —¿Era un hombre solo?
—Uno solo.
—¿Español?
—Era un marinero.
—¿Crees que nos espÃe?
—Es probable; pero dudo que se atreva a aparecer, ahora que ya sabe que somos dos.
—Volvámonos a la cumbre; estoy inquieto por Wan Stiller.
—¿Y si nos atacan por la espalda? ¡Ese hombre puede tener compañeros escondidos en el bosque!
—¡Abriremos bien los ojos, y no quitaremos los dedos de los gatillos! ¡Adelante, valiente!
Dejaron el simaruba, y retrocedieron rápidamente con los fusiles empuñados y apuntando hacia las lindes del bosque. De ese modo llegaron hasta unos espesos matorrales, escabullándose entre ellos. Ya allÃ, se detuvieron para mirar si los enemigos se decidÃan a aparecer; pero como no asomara ninguno ni se oyera tampoco ruido de ninguna especie, prosiguieron marchando rápidamente trepando por los flancos del montecillo, llenos de rocas y de selvas.
En veinte minutos atravesaron la distancia que los separaba del pequeño campamento atrincherado. Wan Stiller, que hacÃa la guardia en lo alto de la roca, descendió corriendo a su encuentro, diciéndoles: