El Corsario Negro
El Corsario Negro —¿Ha disparado usted, Capitán? ¡Porque yo he oÃdo un tiro de fusil!
—No —contestó el Corsario—. ¿Has visto a alguien?
—Ni un mosquito siquiera, señor; pero he podido distinguir que un pelotón de marineros han saltado a la costa, y desaparecido bajo los árboles.
—¿Sigue anclada la carabela?
—No se ha movido de su sitio.
—¿Y las chalupas?
—Están bloqueando la isla.
—¿Has visto si Wan Guld iba en el pelotón a que te refieres?
—He distinguido a un viejo de barba blanca.
—¡Es él! —exclamó el Corsario apretando los dientes—. ¡Que venga ese miserable! ¡Veremos si también le protege la suerte contra las balas de mi arcabuz!
—Capitán, ¿cree usted que llegarán pronto aquÃ? —preguntó Carmaux, que se habÃa dedicado a recoger ramas secas.
—Quizás no se atrevan a atacarnos de dÃa y esperen a que venga la noche.
—En ese caso, podemos preparar la comida para recobrar algunas fuerzas. Porque le confieso que no sé a dónde ha ido a parar mi estómago. ¡Eh, tú, Wan Stiller, prepara estas dos rayas espinosas! ¡Te prometo un asado tan exquisito, que te chuparás los dedos!