El Corsario Negro
El Corsario Negro —¿Y si llegan los españoles? —preguntó el hamburgués, que no estaba muy tranquilo.
—¡Bah! ¡Comeremos con una mano, y nos batiremos con la otra! ¡Para nosotros las rayas y para ellos el plomo!
Mientras el Corsario volvÃa a colocarse en observación sobre la roca, los dos filibusteros encendieron fuego y asaron los pescados, después de haberles quitado sus largas y peligrosas espinas.
Un cuarto de hora después Carmaux anunciaba en tono triunfal que estaba dispuesta la comida. Los españoles no habÃan aparecido todavÃa.
Apenas acabaron de sentarse los tres filibusteros, y mientras comÃan el primer bocado, se oyó retumbar en el mar un formidable disparo.
—¡El cañón! —exclamó Carmaux.
No habÃa acabado de decirlo, cuando la parte superior de la roca que les habÃa servido de observación, rota por una bala de grueso calibre, saltó con terrible estrépito.
—¡Relámpagos! —gritó Carmaux poniéndose en pie de un salto.
—¡Y truenos! —añadió Wan Stiller.
El Corsario se habÃa lanzado ya hacia el borde de la cumbre para ver de dónde habÃa partido aquel cañonazo.
—¡Mil antropófagos! —volvió a gritar Carmaux.