El Corsario Negro

El Corsario Negro

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Los españoles, que seguramente tenían interés en cogerlos vivos, pues de no ser así les hubiera sido fácil enviarlos al fondo del mar con una sola descarga, cayeron en medio de ellos con unas cuantas remadas; pero de tan mala manera que, al tropezar la proa de la chalupa, derribó a unos encima de otros.

En el acto veinte manos agarraron fuertemente por los brazos a los tres nadadores, los izaron a bordo, los desarmaron y los ataron antes de que pudieran reponerse del encontronazo.

Cuando el Corsario pudo darse cuenta de todo lo que había sucedido se encontró tendido en la proa de la chalupa, con las manos estrechamente ligadas detrás de la espalda, y sus dos compañeros bajo los bancos de proa.

A su lado iba un hombre que vestía un elegante traje de caballero castellano, el cual llevaba la barra del timón. Al verle lanzó el Corsario una exclamación de estupor.

—¡Usted, conde!

—¡Yo, caballero! —contestó este sonriendo.

—¡Nunca hubiera creído que el conde de Lerma hubiera olvidado tan pronto que había sido respetado por mí cuando pude matarle en casa del notario de Maracaibo! —dijo con amargura el Corsario.


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