El Corsario Negro
El Corsario Negro —¡Volver a emprender la lucha de un modo más encarnizado, para vengar a mis hermanos, a quienes has sacrificado inicuamente! —respondió el señor de Ventimiglia.
—En ese caso, me obliga usted a que le mate. Le hubiese concedido la vida para calmar los remordimientos, que a veces me roen el corazón; pero era preciso que usted consintiera en renunciar a la venganza y en volver a Europa. Mas como sé que no aceptará jamás esas condiciones, tengo que ahorcarle, como he ahorcado al Corsario Verde y al Corsario Rojo.
—¡Y como asesinaste en Flandes a mi hermano mayor!
—¡Calle usted! —gritó el Duque, con voz llena de angustia—. ¿Para qué recordar lo pasado? ¡Dejémosle que duerma para siempre!
—¡Concluye tu triste obra de traición y asesinato! —prosiguió el Corsario—. ¡Suprime también al último señor de Ventimiglia! ¡Pero te advierto que no por eso habrá concluido la lucha, porque alguien tan formidable y tan audaz como yo recogerá el juramento del Corsario Negro y el dÃa que caigas en sus manos no te perdonará!
—¿Y quién va a ser ese? —preguntó el Duque con acento de terror.
—¡El Olonés!
—¡Bueno; le ahorcaré también!