El Corsario Negro
El Corsario Negro —¡Entonces, mátame, porque si logro escapar de tus manos, mañana mismo reanudaré la lucha en contra tuya!
—¡Lo sé! —dijo el viejo después de reflexionar un momento—. Y, sin embargo, podrÃa usted librarse de la ignominiosa muerte que le espera por su calidad de filibustero.
—¡Ya he dicho que la muerte no me causa miedo! —dijo con fiereza suprema el Corsario.
—Conozco el valor de los señores de Ventimiglia —contestó el Duque a tiempo que una nube obscurecÃa su frente—. ¡SÃ; he tenido motivo, tanto aquà como en otras partes, para poder apreciar su ánimo indomable y su desprecio a la muerte!
Dio algunos pasos por la cubierta de la carabela con la mirada sombrÃa y la cabeza inclinada sobre el pecho, y en seguida, volviéndose de repente hacia el Corsario, añadió:
—Usted, caballero no lo creerá; pero estoy cansado de la tremenda lucha que ha empeñado contra mÃ, y me alegrarÃa mucho de que cesara.
—¡SÃ!, —dijo el Corsario Negro con ironÃa—. ¿Y para terminarla me ahorcas?
El Duque levantó vivamente la cabeza, y mirando al Corsario, le preguntó a quemarropa:
—Y si le dejase libre, ¿qué harÃa usted?