El Corsario Negro
El Corsario Negro El duque, que había subido varias veces a cubierta, impaciente por llegar a Gibraltar, ordenó al conde que dirigiese la carabela al lago, o al menos que mandara remolcarla por las chalupas; pero el flamenco no pudo conseguir nada, pues le habían contestado que la tripulación estaba cansadísima y que los bajos impedían maniobrar con libertad.
A eso de las siete de la tarde la brisa comenzó por fin a soplar, y el velero pudo reanudar la marcha, pero sin alejarse de las playas ribereñas.
Después de cenar con el duque, el Conde de Lerma se puso al timón, teniendo al lado al piloto, y sostuvo con él en voz muy baja una larga plática. Al parecer, le hacía prolijas indicaciones acerca de la maniobra de la noche, con objeto de no tropezar con los muchos bajos que se extienden desde la boca del Catatumbo hasta Santa Rosa, pequeña localidad que se halla a pocas horas de distancia de Gibraltar.
Aquella conversación, un poco misteriosa, duró hasta las diez de la noche, hora en que el duque se retiró a su camarote para descansar; en seguida el conde, dejando la barra y aprovechándose de la obscuridad, descendió a la cámara de marinería sin ser visto por la tripulación dormida, y pasó a la estiba.
—¡Ahora nosotros! —murmuró—. ¡El Conde de Lerma pagará su deuda y después ya veremos qué es lo que sucede!