El Corsario Negro
El Corsario Negro Encendió una linterna sorda que llevaba escondida en la amplia campana de una de sus altas botas y marcó por debajo de la cámara, enfocando con la luz a algunas personas que parecían dormir tranquilamente.
—¡Caballero! —dijo en voz baja. Uno de aquellos hombres se incorporó y se sentó, a pesar de que tenía los brazos fuertemente atados.
—¿Quién viene a incomodarme? —preguntó el Corsario con mal humor—. ¡Ah! ¿Usted, Conde? ¿Viene usted acaso a hacerme compañía?
—¡Vengo a algo mejor, caballero! —contestó el castellano.
—¿Qué quiere usted decir?
—Que vengo a pagar una deuda.
—No lo comprendo a usted.
—¡Caray! —dijo el Conde sonriendo—. ¿Ha olvidado usted nuestra alegre aventura en casa del notario?
—No, Conde.
—Entonces, no habrá olvidado tampoco que aquel día me salvó la vida.
—¡Es verdad!
—Pues ahora vengo a cumplir mi deuda de gratitud. Hoy no estoy en peligro yo, sino usted, y, por lo tanto, me corresponde la vez para hacerle un favor, que seguramente apreciará.
—Explíquese mejor, Conde.
—Vengo a salvarle, señor.