El Corsario Negro

El Corsario Negro

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—¡A salvarme! —exclamó estupefacto el Corsario—. ¿No ha pensado usted en el Duque?

—Está durmiendo, caballero.

—Pero mañana estará despierto.

—¿Y qué? —preguntó tranquilo el Conde.

—Que mandará prender y ahorcar a usted en lugar mío. ¿Ha pensado usted en eso, Conde? ¡Usted ya sabe que Wan Guld no bromea!

—¿Y cree usted, caballero, que puede sospechar de mí? Ya sé que es astuto el flamenco; pero creo que no se atreverá a culparme. Además, la carabela es mía, la tripulación me profesa gran afecto, y si quiere intentar algo contra mí, perderá el tiempo y el esfuerzo. Créame usted; aquí no quieren gran cosa al Duque, por su altivez y su crueldad, y mis compatriotas le soportan de mala gana. Quizás haga mal en dejar a usted libre ahora, precisamente en el momento en que el Olonés se dirige a Gibraltar; pero ante todo soy un caballero, y debo cumplir un deber de conciencia. Usted ha respetado mi vida en otra ocasión; yo salvaré la de usted ahora, y quedaremos iguales. Si después nos encontramos en Gibraltar, usted cumplirá sus deberes de corsario, yo los de español, y nos batiremos como enemigos encarnizados.

—¡No Conde; no nos batiremos como enemigos encarnizados!


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