El Corsario Negro

El Corsario Negro

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—¡Pues entonces, nos batiremos como dos gentileshombres que militan en distintos campos! —dijo noblemente el castellano.

—¡Así sea, Conde!

—Ahora váyase usted. Aquí tiene usted un hacha, con la que puede romper las traviesas de madera de cualquiera de las portas, y dos puñales para que con sus compañeros se defienda de las fieras cuando se halle en tierra. Una de las chalupas de la carabela nos sigue a remolque; la alcanzan ustedes, le cortan la cuerda y arrancan en seguida hacia la costa. Ni yo ni el piloto veremos nada. ¡Adiós, caballero; espero volver a verle bajo las murallas de Gibraltar y cruzar una vez más mi espada con la suya!

Dicho esto, el Conde le cortó las ligaduras, le dio las armas, le estrechó la mano y se alejó rápidamente, desapareciendo por la escalera.

El Corsario permaneció inmóvil durante algunos instantes, como sumergido en profundos pensamientos, o como si todavía estuviera asombrado de lo grande y magnífico del acto realizado por el castellano. Al cabo, como a sus oídos llegasen algunos rumores, sacudió a Wan Stiller y a Carmaux, diciéndoles:

—¡Amigos, en marcha!


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