El Corsario Negro
El Corsario Negro —¿Nos marchamos? —exclamó Carmaux abriendo desmesuradamente los ojos—. ¿Y por dónde, Capitán? ¿Estamos atados como chorizos y quiere usted que nos vayamos?
El Corsario cogió un puñal y a tajos cortó los cordeles que sujetaban a sus dos compañeros.
—¡Truenos! —exclamó Carmaux.
—¡Y relámpagos! —añadió el hamburgués.
—¿Estamos libres? ¿Qué ha sucedido, señor? ¿Se habrá vuelto de improviso tan generoso ese tunante de Gobernador que nos deje ir?
—¡Silencio y seguidme!
El Corsario empuñó el hacha y se dirigió hacÃa una de las portas, la más ancha de todas, defendida por gruesas trancas de madera. Aprovechando el momento en que los marineros de guardia hacÃan mucho ruido, pues habÃa que virar de bordo, derribó con cuatro hachazos las traviesas y abrió un boquete suficiente para dejar pasar un hombre.
—¡Cuidado con dejaros sorprender! —dijo a ambos filibusteros—. ¡Si estimáis el pellejo, conducÃos con prudencia!
Se deslizó a través de la porta y se suspendió en el vacÃo, manteniéndose sujeto a las traviesas inferiores. La borda era tan baja, que se encontró metido en el agua hasta los muslos.