El Corsario Negro

El Corsario Negro

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Esperó a que una ola fuese a romper contra el costado del velero y se dejó ir, poniéndose a nadar en seguida a lo largo de la borda para que no le viesen los marineros de guardia. Un momento después se reunieron con él Carmaux y Wan Stiller, que llevaban entre los dientes los puñales del castellano.

Dejaron pasar la carabela, y viendo en seguida la chalupa, que iba atada a la popa con una cuerda muy larga, la alcanzaron en cuatro brazadas y, ayudándose unos a otros para mantenerla en equilibrio, se metieron dentro.

Iban a coger los remos, cuando la cuerda que sujetaba la chalupa a la carabela cayó al mar, cortada por una mano amiga.

El Corsario levantó los ojos hacia la popa del velero y en el castillo vio una sombra humana que le hizo una seña de despedida.

—¡Es un noble corazón! —murmuró reconociendo al castellano—. ¡Dios le proteja contra la cólera de Wan Guld!

Con todas las velas desplegadas la carabela proseguía su carrera hacia Gibraltar, sin que ni un solo grito hubiera salido de entre los hombres de guardia. Se le vio todavía durante algún tiempo ir corriendo bordadas, y poco después desapareció a sus ojos el grupo de los islotes.


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