El Corsario Negro
El Corsario Negro —¡Truenos! —exclamó Carmaux rompiendo el silencio que reinaba en la chalupa—. ¡Yo todavÃa no sé si estoy despierto o si soy juguete de un sueño! ¡Encontrarse atado en la bodega de una carabela, con todas las probabilidades de que le ahorcaran a uno al salir el Sol, y ahora, sin saber ni cómo ni cuándo, verse libre, no es cosa para ser creÃda fácilmente! Capitán, ¿qué es lo que ha sucedido? ¿Quién le ha proporcionado los medios para poder escapar del furor de ese viejo antropófago?
—El Conde de Lerma —respondió el Corsario.
—¡Ah! ¿El valiente y noble caballero? ¡Si lo encontramos en Gibraltar le respetaremos! ¿Verdad, Wan Stiller?
—¡Le trataremos como a un hermano de la costa! —respondió el hamburgués—. ¿A dónde vamos, Capitán?
El Corsario Negro no contestó. Se habÃa levantado repentinamente y miraba hacia el Norte, escrutando la lÃnea del horizonte.
—Amigos —dijo algo emocionado—, ¿no distinguÃs nada allá arriba?