El Corsario Negro
El Corsario Negro Los dos filibusteros se pusieron en pie y miraron en la dirección indicada. Allà donde la lÃnea del horizonte parecÃa confundirse con las aguas del amplio lago brillaban dos puntos luminosos. Un hombre de tierra quizás los hubiese tomado por estrellas próximas a ocultarse; pero a un marino no le era fácil equivocarse…
—¡Allá arriba brillan dos luces! —dijo Carmaux.
—Son las luces de un barco que viene por el lago —añadió el hamburgués.
—¿Será Pedro que boga hacia Gibraltar? —preguntó el Corsario, al mismo tiempo que en sus ojos relampagueaba vÃvida luz—. ¡Ah, si fuese cierto, todavÃa podrÃa vengarme del matador de mis hermanos!
—SÃ, Capitán —dijo Carmaux—, aquellos dos puntos luminosos son los faroles de una barca o de un buque grande. ¡Estoy seguro de que es el Olonés!
—¡Pronto, vamos a la playa, y encendamos un hoguera para que venga a recogernos!
Carmaux y Wan Stiller cogieron los remos y bogaron con ahÃnco dirigiendo la chalupa hacia la costa, que ya no distaba más que unas tres o cuatro millas.
Media hora después los tres filibusteros saltaban a tierra en una especie de bahÃa bastante amplia para poder contener media docena de veleros pequeños. Aquella bahÃa se hallaba a unas treinta millas de Gibraltar.