El Corsario Negro

El Corsario Negro

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Sobre aquellas quince horcas revoloteaban numerosos grupos de zopilotes y de urubúes, pájaros de plumas negras, que son los encargados de la policía de las ciudades de la América central, esperando la putrefacción de aquellos desgraciados para arrojarse en seguida sobre ellos.

Carmaux se acercó al Corsario, diciéndole en voz baja y conmovida:

—¡Aquí están los compañeros!

—¡Sí! —respondió el Corsario con voz sorda—. ¡Piden venganza, y pronto la tendrán!

Se separó del muro haciendo un violento esfuerzo, inclinó la cabeza sobre el pecho como si hubiese querido ocultar la terrible emoción que descomponía sus facciones, y se alejó a grandes pasos, entrando a poco en una posada donde acostumbraban reunirse los noctámbulos y toda clase de trasnochadores para vaciar cómodamente varios vasos de vino. Encontraron una mesa vacía, y el Corsario se dejó caer en un taburete, sin levantar la cabeza, mientras que Carmaux gritaba:

—¡A ver, un vaso de tu mejor jerez, hostelero de los demonios! ¡Ten cuidado de que sea legítimo, porque si no, no respondo de tus orejas! ¡El aire del Golfo me ha producido tanta sed, que sería capaz de dejar en seco la cantina!

Estas palabras hicieron acudir más que de prisa al tabernero llevando un frasco del excelente vino.


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