El Corsario Negro

El Corsario Negro

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Cuando el Corsario y sus dos compañeros, Carmaux y el negro, entraron en Maracaibo, las calles todavía estaban muy concurridas, y las tabernas, en las cuales se despachaban vinos del otro lado del Atlántico, veíanse llenas, pues los españoles ni en las colonias habían renunciado a beber un óptimo vaso del jugo de las viñas de Málaga o de Jerez.

El Corsario aminoraba la velocidad de su paso. Con el sombrero calado hasta los ojos, envuelto en su ferreruelo, aun cuando la noche era bastante calurosa, con la mano izquierda puesta fieramente en las guardas de la espada, miraba con gran atención calles y casas, cual si quisiera que le quedasen impresas en la mente.

Llegados que fueron a la plaza de Granada, que era el centro de la ciudad, se detuvo, apoyándose en la esquina de una casa, cual si súbita debilidad se hubiera apoderado del fiero merodeador del Golfo.

La plaza ofrecía un aspecto lúgubre. De quince horcas erguidas formando semicírculo, pendían quince cadáveres.

Todos estaban descalzos y tenían los vestidos hechos jirones, exceptuando uno, que lucía un traje de color de fuego y calzaba altas botas de mar.


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