El Corsario Negro
El Corsario Negro Carmaux y Wan Stiller, bien descansados y bien comidos, se colocaron detrás del Corsario Negro, pues no querÃan faltar al asalto, deseosos como estaban de coger a Wan Guld.
—¡Amigo Stiller! —decÃa el alegre filibustero—, esta vez espero que echemos la zarpa a ese tunante para entregárselo al Capitán.
—Apenas hayamos asaltado los fuertes, iremos corriendo a la ciudad para impedirle que se largue, amigo Carmaux. Yo sé que el Comandante ha dado a cincuenta hombres orden de que se lancen en los bosques para cortar la retirada a los fugitivos.
—Y, además, de que no le pierda de vista al catalán.
—Estoy seguro. ¡Es preciso que encontremos a ese diablo de hombre, porque si no se hará matar!
En aquel momento sintió que le tocaban en un hombro y que una voz bien conocida de ellos les decÃa:
—¿Es verdad eso, compadre?
Carmaux y Wan Stiller se volvieron vivamente, y vieron al africano.
—¡Eres tú, compadre Saco de carbón! —exclamó Carmaux—. ¿De dónde has salido?
—Hace más de diez horas que ando buscándolos a lo largo de la costa corriendo como un caballo. ¿Es verdad que os habÃa hecho prisioneros el Gobernador?
—¿Quién te lo ha dicho?