El Corsario Negro
El Corsario Negro Una descarga de metralla tendió en tierra a los primeros, los otros subÃan al asalto como furias desatadas, matando a los artilleros sobre las piezas, embistiendo a los soldados que se sostenÃan en su puesto, abrumándoles con el número, y venciéndolos al fin, no obstante su vigorosa resistencia.
Un hurra formidable anunció a la banda del Olonés que el primero y quizás más difÃcil obstáculo estaba ya superado.
Pero aquella alegrÃa debÃa durar poco. El Corsario y el Vasco, que se habÃan apresurado a bajar a la llanura para estudiar el camino que debÃan seguir, vieron que otro obstáculo les cerraba el paso hacia la montaña.
Al lado de allá de un bosquecillo habÃan podido distinguir que ondeaba una bandera española, indicando la presencia de otro fuerte del cual hasta entonces no habÃan tenido noticia.
—¡Por la muerte de todos los vascos! —bramó furiosamente Miguel—. ¿TodavÃa otro hueso duro que roer? ¡Ese condenado comandante de Gibraltar quiere exterminarnos! ¿Qué me dice usted, caballero?
—¡Pienso que este no es el momento de volver pies atrás!
—¡Hemos sufrido ya pérdidas crueles!
—Lo sé.
—¡Y nuestros hombres están fatigadÃsimos!