El Corsario Negro
El Corsario Negro Pero la metralla seguía haciendo estragos en las primeras filas. Más de doce corsarios heridos de muerte habían desaparecido bajo el fango del palúdico pantano, y otros veinte heridos se debatían en medio de los troncos de los árboles y de los haces de leña. ¡Pero aquellos valientes no se quejaban! Al contrario, arengaban a los compañeros, y rehusaban todo socorro para que no perdiesen tiempo.
—¡Adelante, compañeros! ¡Vengadnos! —decían animosamente.
Tanta tenacidad, tanta audacia, y el valor de los jefes, debían triunfar por fin de todos los obstáculos y de la resistencia de los españoles.
Rebasado el último trozo, después de nuevas pérdidas y de inmensas fatigas llegaron a poner pie en tierra firme. Organizarse a escape y lanzarse al asalto de la batería, fue cosa de un momento.
Nadie hubiera podido resistir el empuje de aquellos hombres terribles sedientos de venganza; ninguna batería, por formidable que fuera y por desesperadamente que la hubieran defendido, habría podido rechazarlos.
Con sables y pistolas en mano hicieron irrupción en los terraplenes del reducto.