El Corsario Negro
El Corsario Negro Mientras tanto, arreciaba el fuego de los españoles. La metralla pasaba silbando por entre las cañas, levantando nubes de agua cenagosa e hiriendo a los hombres que iban en primera fila, sin que estos pudieran contestar a aquellas descargas mortales, pues no llevaban más que pistolas.
En medio de aquel atolladero, el Corsario Negro y el Vasco conservaban una sangre fría admirable. Animaban a todos con la voz y con el ejemplo, daban aliento a los heridos, ya se adelantaban, ya volvían a retaguardia para dar prisa a los que portaban los troncos y los haces, e indicaban los lugares más cubiertos de cañas, para no exponer a sus hombres al incesante fuego de la batería.
Aun cuando los filibusteros comenzasen a dudar del éxito de aquella empresa, que consideraban como una verdadera locura, no perdían nada de su valor, y trabajaban encarnizadamente, seguros de que si llegaban a pasar el pantano vencerían fácilmente a los defensores de la batería.