El Corsario Negro
El Corsario Negro Los filibusteros se precipitaron en el pantano, arrojando haces de leña y troncos de árboles para preparar el camino, sin preocuparse del fuego de la batería enemiga, que de minuto en minuto era más acelerado y levantaba columnas de agua y fango bajo una incesante lluvia de metralla.
La marcha a través de aquel pantano se hacía cada vez más peligrosa a medida que los filibusteros se alejaban de las lindes de la selva.
No era suficiente para todos el puente hecho con los troncos y los haces de leña.
A derecha e izquierda caían los hombres en el fango, se sumergían hasta la cintura y no podían salir del atasco sin el socorro de sus compañeros. Para colmo de desventura, los materiales que habían llevado consigo con objeto de hacer el camino transitable, no alcanzaban para atravesar el pantano por completo.
Aquellos valientes se veían obligados de trecho en trecho, y siempre bajo el fuego de la batería, a sumergirse en el lodo para levantar los troncos y los haces y llevarlos adelante; labor en extremo fatigosa, y peligrosísima, además, dada la naturaleza de la marisma.