El Corsario Negro
El Corsario Negro —¡Filibusteros de las Tortugas! —gritó el Olonés—, ¡al asalto!
La banda de corsarios que habÃa estado hasta entonces escondida debajo de los árboles y entre la maleza, para guarecerse contra las tremendas descargas de ambos fuertes[7], se precipitaron hacia la explanada al oÃr la voz de mando de sus jefes.
El Olonés y el Corsario Negro se pusieron a la cabeza y avanzaban corriendo, para evitar a su gente pérdidas demasiado graves.
Los españoles del fuerte más próximo, que era el más importante y el mejor artillado, al verlos aparecer dispararon con metralla para barrer la explanada; pero era ya demasiado tarde. A pesar de que cayeron muchos de los asaltantes, estos llegaron debajo de las murallas y de las torres y treparon por las escarpas disparando las pistolas para alejar a los defensores.
No obstante la desesperada defensa de la guarnición, algunos habÃan logrado subir, cuando de pronto se oyó resonar la voz tonante del Olonés:
—¡Hombres de mar! ¡En retirada!
Los corsarios, que se encontraban imposibilitados de subir a las torres y a los bastiones, no tan sólo por falta de escalas, sino también por la resistencia que oponÃan los españoles, se apresuraron a abandonar la empresa y huyeron atropelladamente hacia el vecino bosque, pero con las armas bien empuñadas.