El Corsario Negro

El Corsario Negro

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—¡Caray! —exclamó aquel hombre al ver al Corsario y a Carmaux—. ¡Eso sí que es una suerte que no esperaba!

—¡Tú! —exclamó el Corsario.

—¡Eh, catalán de mi corazón! —gritó alegremente Carmaux—. ¡Cuánto me alegro, compadre, de volver a verte vivo todavía! ¡Supongo que no te habrán estropeado demasiado los huesos!

—¿En dónde estás herido? —le preguntó el Corsario ayudándole a levantarse.

—Me dieron un sablazo en un hombro y otro en la cara; pero dicho sea sin ofensa, al corsario que me puso así lo ensarté como si fuera un cabrito. ¡En fin, caballeros, les juro que me produce una gran alegría verlos vivos!

—¿Crees que serán graves tus heridas?

—¡No, señor! Lo que hay es que me causaron un dolor tan agudo que me hicieron caer sin sentido. ¡Dadme de beber, señor; un sorbo tan sólo!

—¡Toma, compadre! —dijo Carmaux alargándole un frasco lleno de agua con aguardiente—. ¡Esto te dará fuerzas!

El catalán que se sentía invadir por la fiebre lo vació con avidez, y después mirando al Corsario Negro, dijo:

—Usted buscaba al gobernador de Maracaibo, ¿verdad?


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