El Corsario Negro
El Corsario Negro El Corsario, que no tenÃa odio a los españoles, asà que veÃa algún herido apresurábase a desembarazarle de los muertos que le oprimÃan y rodeaban, y ayudado por Moko y los filibusteros, le transportaba a otro sitio, encargando al negro o a otros que le prodigasen los primeros cuidados.
HabÃan removido ya todos aquellos montones de desgraciados, cuando junto al ángulo del patio interior, donde habÃa un montón de cadáveres de españoles y corsarios, oyeron una voz que les pareció conocida.
—¡Por mil tiburones! —exclamó Carmaux—. ¡Yo conozco esa voz ligeramente nasal!
—¡También yo! —dijo Wan Stiller.
—¿Será la de mi compatriota Darlas?
—¡No! —dijo el Corsario—; es la voz de un español.
—¡Agua, caballeros, agua! —oyeron decir bajo aquel montón de muertos.
—¡Truenos de Hamburgo! —exclamó Wan Stiller—. ¡Es la voz del catalán!
El Corsario y Carmaux se abalanzaron hacia el sitio, y apartaron rápidamente los cadáveres. Una cabeza empapada en sangre y después dos brazos largos y delgados aparecieron, seguidos de un larguÃsimo cuerpo cubierto con una coraza de acero, asimismo manchada de sangre y de pedazos de masa encefálica.