El Corsario Negro

El Corsario Negro

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CAPÍTULO XXXVI

EL JURAMENTO DEL CORSARIO NEGRO

En tanto que los filibusteros, ávidos de saqueo, se desbordaron como torrente impetuoso por la ciudad ya indefensa, con objeto de impedir que huyesen los habitantes hacia los bosques llevándose consigo los objetos más preciosos, el Corsario Negro, Carmaux, Wan Stiller y Moko removían los cadáveres amontonados en el interior del fuerte, con la esperanza de encontrar entre ellos el del odiado Wan Guld.

Por todas partes se les ofrecían escenas espantosas. Veíanse montones de muertos horriblemente deformados por las estocadas o los sablazos, con los brazos cortados, con el pecho abierto, con el cráneo hundido o saltado; terribles heridas de las cuales todavía manaba la sangre, que corría por el piso del glacis y por las escaleras de las casamatas formando charcos que despedían un olor acre.

Algunos todavía tenían en el cuerpo las armas con que los habían matado; otros estaban estrechamente abrazados a sus adversarios; otros empuñaban aún la espada o el sable que los había vengado. De entre tantos cadáveres salía de cuando en cuando el gemido de algún herido que con fatiga se removía entre masas de hombres inertes, mostrando el rostro pálido y lleno de sangre y pidiendo con apagada voz un sorbo de agua.


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