El Corsario Negro
El Corsario Negro Los hombres de la tripulación no se habÃan movido. Únicamente el timonel, erguido en la cubierta de cámaras guiaba a El Rayo hacia el Norte, siguiendo a las naves filibusteras, cuyas luces brillaban en lontananza.
—¡Señor —dijo el Corsario acercándose a Morgan—, mande usted preparar un bote para echarlo al agua!
—¿Qué es lo que quiere usted hacer, Comandante? —preguntó el segundo.
—¡Sostener mi juramento! —contestó el Corsario con voz casi apagada.
—¿Quién va a bajar al bote?
—¡La hija del traidor!
—¡Señor!…
—¡Silencio! ¡Nos miran mis hermanos! ¡Obedezca usted! ¡Aquà en este barco, manda el Corsario Negro!
Pero nadie se habÃa movido para obedecerle. Aquellos hombres, tan fieros como su jefe, que se habÃan batido cien veces con valor desesperado, en aquel instante supremo se sentÃan como clavados a las tablas del barco por invencible terror.
La voz del Corsario Negro resonó de nuevo en el puente de órdenes con acento de amenaza:
—¡Hombres de mar, obedeced!