El Corsario Negro

El Corsario Negro

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El contramaestre de la tripulación salió de las filas, hizo seña a algunos hombres para que le siguieran, y por la escala de estribor echó al mar un bote, mandando poner dentro víveres, pues comprendíase ya lo que quería hacer el Corsario con la desgraciada hija de Wan Guld. Apenas habían terminado, cuando vieron salir de la cámara a la joven flamenca.

Todavía llevaba el vestido blanco y los cabellos esparcidos por la espalda y los hombros.

La joven atravesó la cubierta del barco sin pronunciar una palabra y como si apenas posara los pies sobre las tablas pero marchaba erguida, resuelta, sin vacilar.

Cuando llegó junto a la escala, desde donde el contramaestre le indicaba el bote, que las olas hacían chocar contra los costados del buque, se detuvo un instante y se volvió hacia la popa mirando al Corsario, cuya negra figura se dibujaba siniestramente, sobre el cielo, iluminado por vivísimos relámpagos.

Miró durante algunos segundos al feroz enemigo de su padre, que seguía inmóvil en el puente, con los brazos estrechamente cruzados sobre el pecho, le hizo una seña de despedida con la mano, descendió a escape la escalera y saltó a la chalupa.

El contramaestre retiró la cuerda, sin que el Corsario hubiera hecho un gesto para detenerle.

De los labios de la tripulación salió un grito:

—¡Sálvela!


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