El Corsario Negro

El Corsario Negro

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Hallábanse en aquel momento en la esquina de la calle. La segunda patrulla que vio el negro no distaba más de treinta pasos, mientras que todavía no se divisaba la primera, la cual parecía como que se había detenido.

—¡Dispongámonos! —dijo el Corsario.

—¡Yo ya lo estoy! —contestó el filibustero, que se escondió detrás de la esquina.

Los ocho alabarderos habĂ­an aminorado la velocidad de su marcha, como si temieran alguna sorpresa, pues uno de ellos, probablemente el que los mandaba, dijo:

—¡Despacio, muchachos! ¡Esos bribones deben de andar muy cerca de aquí!

—Somos ocho, señor Elváez —dijo un soldado—, y el tabernero nos manifestó que los filibusteros eran dos tan sólo.

—¡Ah, tunante! —murmuró Carmaux—. ¡Nos ha vendido! ¡Si me cae entre las manos alguna vez, le prometo abrirle un ojal en el vientre, y tan grande, que se le salga por él todo el vino que haya bebido en una semana!

El Corsario Negro levantĂł el sable, dispuesto a lanzarse.

—¡Adelante! —gritó.


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