El Corsario Negro
El Corsario Negro El hombre que se hallaba medio escondido detrás del tronco del árbol, al ver acercarse a Carmaux, procuró ocultarse bajo el pórtico del palacete, pensando que tenÃa que habérselas con algún soldado; pero no creyéndose seguro allÃ, volvió rápidamente la esquina de la casa, con la intención, sin duda, de meterse en alguna de las callejuelas vecinas.
El filibustero habÃa tenido tiempo de asegurarse de que, en efecto, era el negro.
De unos cuantos saltos se puso cerca del palacete, y dobló la esquina, diciendo a media voz:
—¡Eh! ¡Compadre! ¡Compadre!
El negro se detuvo, y al cabo de unos instantes de duda, retrocedió. Al reconocer a Carmaux bajo su magnÃfico disfraz, lanzó una exclamación de alegrÃa y de asombro:
—¡Tú, compadre blanco!
—¡No tienes mala vista, compadre Saco de carbón! —dijo riendo el filibustero.
—¿Y el Capitán?
—Por ahora, no te cuides de él; está a salvo, y eso basta. ¿Por qué has vuelto? El Comandante te ordenó que llevases el cadáver a bordo.
—¡No he podido, compadre! Han invadido el bosque muchos grupos de soldados, que probablemente habrán ido hasta la costa.
—¿Se habrán dado cuenta de nuestro desembarco?