El Corsario Negro

El Corsario Negro

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—¡Procuraré no encontrarme con ellos! —dijo—. ¡Buena guardia, señor soldado! ¡Me voy, pues si no, no llegaré a tiempo para cumplir mi misión con el cliente moribundo que me espera!

—¡Buena suerte, señor Notario!

El filibustero se caló el sombrero hasta los ojos y se alejó apresuradamente, fingiendo mirar en derredor de sí para simular un miedo que no tenía.

«¡Vamos! —exclamó en cuanto se hubo alejado—. ¡Creen que hemos salido de la ciudad! ¡Muy bien, queridos! ¡Seguiremos pacíficamente en casa del óptimo Notario hasta que los soldados hayan vuelto de su expedición, y en seguida nos iremos nosotros! ¡Qué magnífica idea ha tenido el Comandante! ¡Al Olonés, que se envanece de ser el filibustero más astuto de las Tortugas, no se le habría ocurrido cosa mejor!».

Doblaba ya la esquina de la calle para seguir marchando por otra más ancha y que flanqueaban bonitas viviendas rodeadas de elegantes barandales, sostenidos por postes de madera de varios colores, cuando vio una sombra negrísima y de gigantesca estatura, inmóvil, al lado de una palmera que crecía ante un gracioso palacete.

—¡Si no me equivoco, ese es mi compadre Saco de carbón! —murmuró el filibustero—. Por esta vez, tenemos en nuestra ayuda una fortuna extraordinaria; pero ya se sabe que nos protege el diablo; por lo menos tal dicen los españoles.


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