El Corsario Negro

El Corsario Negro

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—A casa de un pobre hombre que se está muriendo, y, como comprenderéis, cuando uno se dispone a irse al otro mundo es preciso pensar en los herederos.

—¡Verdad, señor Notario; pero tened cuidado de no tropezar con los filibusteros!

—¡Dios mío! —exclamó Carmaux fingiendo un gran susto—. ¿Están aquí los filibusteros? ¿Cómo se han atrevido a desembarcar esos canallas en Maracaibo, que es una ciudad tan bien guardada, y que está gobernada por un soldado tan valiente como Wan Guld?

—No se sabe cómo han logrado desembarcar, pues no se ha visto barco alguno filibustero, ni cerca de las islas, ni en el Golfo de Coro; pero de que han venido no hay duda alguna. Bástele saber que han matado a tres personas y herido a cuatro, y que han llevado su atrevimiento hasta apoderarse del cadáver del Corsario Rojo, el cual había sido ahorcado ante el palacio del Gobernador, juntamente con los que le acompañaban.

—¡Qué bribones! ¿Y dónde están?

—Se cree que han huido al campo, y ya se han mandado tropas a diferentes sitios con la esperanza de capturarlos, para que hagan compañía a los ahorcados.

—¿No se habrán escondido en la ciudad?

—¡No es posible! Los han visto escapar en dirección del campo.

Carmaux ya sabía bastante, y creyó oportuno marcharse, para no perder las huellas del negro.


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