El Corsario Negro
El Corsario Negro —¡Lo encontraré! —murmuró el filibustero—. ¡Si el compadre Saco de carbón se ha decidido a volver, muy graves motivos le habrán obligado a no salir de Maracaibo! ¿Habrá sabido ese condenado de Wan Guld que ha sido el Corsario Negro el que ha dado el golpe? ¿Estará escrito que los tres valientes hermanos deben caer en las manos de ese siniestro viejo? ¡Por Cristo vivo! ¡Pero nosotros saldremos de aquà para cobrarle ojo por ojo, diente por diente y vida por vida!
Monologando asÃ, salió de la callejuela, y se disponÃa a volver la esquina de una casa, cuando un soldado, armado con un arcabuz, y que estaba escondido en una puerta, le cortó el paso de repente, diciéndole con voz amenazadora:
—¡Alto ahÃ!
—¡Muerte y condenación! —murmuró Carmaux metiendo la mano en el bolsillo y empuñando una de sus pistolas—. ¿Estamos ya?
Pero tomando el aspecto y la expresión de un buen burgués, dijo:
—¿Qué es lo que queréis, señor soldado?
—Saber quién sois.
—¡Cómo! ¿No me conoce? ¡Soy el Notario del barrio, señor soldado!
—Dispensadme; hace poco que he llegado a Maracaibo, señor Notario. ¿Adónde vais, si es que se puede saber?