El Corsario Negro
El Corsario Negro —¡Ya estamos! ¿No te lo decía yo? ¡Es la nave del Corsario Negro!
Hallábanse a medio cable de distancia del barco, y ya podía vérsele bien. Era este un barco de carrera, de los que utilizaban los filibusteros de las Tortugas para dar caza a los grandes galeones españoles que traían a Europa los tesoros de América Central, de México y de las regiones ecuatoriales.
Buenos veleros, alta arboladura, con objeto de poder aprovechar la más ligera brisa, de carena estrecha y de proa y popa elevadísimas, como se usaban entonces, iban formidablemente armados.
Doce bocas de fuego, doce carroñadas asomaban a un lado y al otro, amenazando a babor y estribor, en tanto que en lo alto de la cubierta de cámara, los gruesos cañones de caza parecían destinados a barrer a metrallazos el puente de los barcos enemigos.
El buque corsario se había puesto al pairo para esperar a la canoa; pero sobre la proa y a la luz de un farol se veían diez o doce hombres armados de fusiles, dispuestos a hacer fuego ante la más leve sospecha.
Así que llegaron al costado del velero, los dos marineros de la canoa cogieron un cabo que les habían echado juntamente con una escala de cuerda, aseguraron la embarcación, retiraron los remos y se izaron con sorprendente agilidad sobre la cubierta.