El Corsario Negro

El Corsario Negro

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El Corsario Negro paseaba por la habitación, dando vueltas en derredor de la caja que les había servido de mesa. Parecía preocupado y nervioso; de tiempo en tiempo interrumpía sus paseos y se detenía bruscamente ante sus hombres; después volvía a pasear, inclinando la cabeza.

De pronto se detuvo delante del Notario, que yacía tendido en la cama y fuertemente atado, y mirándole de un modo amenazador, le dijo:

—¿Tú conoces los alrededores de Maracaibo?

—¡Sí, excelencia! —contestó el pobre hombre con voz temblorosa.

—¿Podrías hacernos salir de la ciudad sin que nos sorprendieran tus compatriotas, y llevarnos a algún sitio seguro?

—¿Cómo voy a poder hacer eso, señor? ¡Apenas salierais de mi casa, os reconocerían y os prenderían, y a mí con vosotros; me culparían por haber querido salvaros, y el Gobernador, que es un hombre que no gasta bromas, mandaría que me ahorcasen!

—¡Ya! ¿Temes a Wan Guld? —dijo el Corsario apretando los dientes y con los ojos brillantes de ira—. ¡Sí, es un hombre enérgico y fiero, tan fiero como despiadado y sabe hacerse temer de todos! ¡No; de todos, no! ¡A él será a quien veré yo temblar algún día! ¡Entonces pagará con la vida la muerte de mis hermanos!


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