El Corsario Negro
El Corsario Negro Volvieron la esquina a escape, se metieron en la callejuela y entraron en la casa del Notario, cerrando la puerta con cerrojos y barras.
El Corsario Negro esperaba en el balcón, lleno de una impaciencia que no podÃa ocultar.
—¿Qué hay? —preguntó—. ¿Por qué ha vuelto el negro? ¿Y el cadáver de mi hermano? ¿Está también aquà Wan Stiller?
En pocas palabras le informó Carmaux de los motivos que obligaron al negro a volver a Maracaibo, y decidieron a Wan Stiller a correr en ayuda de ellos, diciéndole además lo que le contestó el soldado.
—¡Esas noticias son graves! —dijo el Capitán, volviéndose hacia el negro—. Si, en efecto, los españoles están dando batidas por el bosque y la costa, no sé cómo vamos a poder ir a bordo de El Rayo. ¡No temo por mÃ, sino por mi barco, al cual puede sorprenderle la escuadra del almirante Toledo!
—¡Truenos! —exclamó Carmaux—. ¡No nos faltaba más que eso!
—¡Comienzo a temer que concluya mal esta aventura! —murmuró Wan Stiller—. ¡Bah! Hace dos dÃas que podÃamos haber sido ahorcados; aún tenemos que alegrarnos por haber vivido otras cuarenta y ocho horas más.