El Corsario Negro

El Corsario Negro

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Comenzaba a alborear. Las estrellas palidecían rápidamente. En aquellas regiones no hay crepúsculo: a la noche sucede casi de repente el día. El sol despunta, pudiéramos decir que de improviso, y con sus poderosos rayos deshace las tinieblas en un momento.

Los habitantes de Maracaibo, casi todos madrugadores, comenzaban a despertar. Las ventanas se abrían; aquí y allá se oían sonoros estornudos y bostezos, y comenzaba el ruido en las casas.

Seguramente se comentaban los acontecimientos de la noche, los cuales esparcieron cierta inquietud en todos, pues los filibusteros eran temidos en todas las colonias del inmenso Golfo de México.

Carmaux, que no quería tener encuentros, por temor de que le reconociese alguno de los bebedores de la taberna, alargaba el paso, seguido por el negro y el hamburgués.

Llegados a la callejuela, encontró todavía al soldado, que paseaba de una esquina a la otra de la calle, con la alabarda al brazo.

—¿De vuelta ya, señor Notario? —preguntó al ver a Carmaux.

—¡Sí, amigo! —contestó el filibustero—. ¡Mi cliente tenía prisa por dejar este valle de lágrimas, y se las ha guillado en el acto!


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