El Corsario Negro

El Corsario Negro

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—Un traje de mosquetero o de alabardero; porque si salís de la ciudad vestidos de paisano, no tardaréis en caer en manos de las tropas que recorren las afueras.

—¡Relámpagos! ¡Qué magnífica idea! —exclamó Carmaux—. ¡Tienes razón, compadre Saco de carbón! Vestidos de soldados, no se le ocurrirá a nadie la tontería de detenernos y preguntarnos adónde vamos, especialmente por la noche. Nos tomarán por una ronda, y podremos marcharnos tranquilamente y embarcarnos.

—¿Y dónde vamos a encontrar los trajes? —preguntó Wan Stiller.

—¿Dónde? Cogemos a un par de soldados, y los desnudamos —dijo Carmaux con aire resuelto—. ¡Ya sabes que nosotros somos listos de manos!

—No es preciso exponerse a ese peligro —dijo el negro—. Como soy conocido en la ciudad, y nadie sospecha de mí, puedo ir a comprar dos trajes, incluso las armas.

—¡Compadre Saco de carbón, eres un gran hombre, y quiero darte un abrazo de hermano!

Así diciendo, el filibustero había abierto los brazos para estrechar al negro; pero no tuvo tiempo: un sonoro golpe dado en la puerta de la calle, vibró en la escalera.

—¡Relámpagos! —exclamó Carmaux—. ¡Alguien llama en la puerta!

Al mismo tiempo entró diciendo el Corsario Negro:


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