El Corsario Negro
El Corsario Negro —¡Notario, ahà hay un hombre que viene a buscarte!
—Será algún cliente mÃo —contestó el prisionero lanzando un suspiro—; algún cliente que quizá me harÃa ganar un buen jornal, mientras que yo…
—¡Cállate! —dijo Carmaux—. ¡Ya sabemos bastante, charlatán!
Un segundo golpe, más fuerte que el primero, hizo retemblar la puerta, acompañándole estas palabras:
—¡Abrid, señor Notario! ¡No hay tiempo que perder!
—Carmaux —dijo el Corsario, que habÃa tomado una resolución—, si nos obstinamos en no abrir, puede sospechar algo ese hombre, o temer que le haya sucedido algo al Notario, e ir a prevenir al alcalde del barrio.
—¿Qué es lo que hay que hacer, Comandante?
—¡Abrir, atar bien al importuno y enviarle a que haga compañÃa al Notario!
No habÃa concluido de decirlo, cuando ya Carmaux estaba en la escalera, seguido del negro.
Al oÃr que daban un tercer golpe, tan violento que por poco hace saltar las tablas de la puerta, se apresuró a abrir diciendo:
—¡Uf! ¡Qué furia, señor!
Un jovencito de dieciocho años, vestido señorialmente y armado con un elegante puñal, que llevaba suspendido del cinturón, entró apresuradamente, gritando: