El Corsario Negro

El Corsario Negro

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—¿Es así como se obliga a esperar a las personas que tienen prisa?

Al ver a Carmaux y al negro, se detuvo, mirándolos con asombro y con cierta inquietud.

—¿Quiénes sois? —preguntó.

—Dos criados del señor Notario —contestó Carmaux, haciendo una reverencia burlesca.

—¡Ah! —exclamó el jovencito—. ¿Don Turillo se ha enriquecido de repente y puede permitirse el lujo de tener dos criados?

—Sí; ha heredado a un tío que se le murió en el Perú —dijo, riendo, el filibustero.

—¡Pues conducidme en seguida a su presencia! Ya le habían advertido que hoy debía casarme con la señorita Carmen de Vasconcellos. ¡Por lo visto, se hace rogar ese…!

Una de las manos del negro, cayéndole de improviso entre los hombros, le cortó la palabra. El joven, medio estrangulado por una presión rápida, cayó de rodillas, con los ojos fuera de las órbitas y el rostro amoratado.

—¡Eh! ¡Despacio, compadre! —dijo Carmaux—. ¡Si aprietas un poco más, me lo ahogas por completo! ¡Es preciso ser un poco más correcto con los clientes del Notario!

—¡No temas, compadre blanco! —contestó el encantador de serpientes.


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