El Corsario Negro
El Corsario Negro El jovencito, que estaba tan asustado que ni pensaba en oponer la menor resistencia, fue conducido al piso alto, desarmado del puñal, atado y echado al lado del Notario.
—¡Esto ha concluido, Capitán! —dijo Carmaux.
El Corsario aprobó con un movimiento de cabeza el golpe de mano del marinero; en seguida, acercándose al jovencito, que le miraba medio muerto, le preguntó:
—¿Quién sois?
—Es uno de mis mejores clientes, señor —dijo el Notario—. Este buen muchacho me habrÃa dado a ganar hoy lo menos…
—¡Callaos! —dijo el Corsario con voz seca.
—¡Este Notario se ha convertido en un verdadero papagayo! —exclamó Carmaux—. ¡Si continúa asÃ, será preciso cortarle un pedazo de lengua!
El lindo jovencito se habÃa vuelto hacia el Corsario, y después de mirarle con cierto asombro contestó:
—Soy hijo del juez de Maracaibo, don Alfonso de Convexio. Ahora, espero que me expliquéis el motivo de este secuestro personal.
—Es inútil que lo sepáis; pero podéis estar tranquilo: no os sucederá nada, y mañana, si no ocurren acontecimientos imprevistos, quedaréis libre.
—¡Mañana! —exclamó el jovencito con doloroso asombro—. ¡Pensad, señor, que hoy tengo que casarme con la hija del capitán Vasconcellos!